De la Supervivencia al Estrés: La Evolución de las Malas Noticias y su Impacto en la Mente Moderna

Las malas noticias solían ser buenas noticias. Bueno, esto era muy cierto hace milenios. Hoy en día, ya no aplica tan bien, pero aún nos estresan. ¿Por qué nos siguen estresando? Porque no hemos cambiado mucho fisiológicamente.

Así que sí, las malas noticias solían ser buenas noticias, pero en el pasado. En el presente, las malas noticias se usan como una herramienta para inducir estrés. No digo que las malas noticias no sirvan para informar, porque la verdad es que sí lo hacen. Pero al final, quien informa busca un beneficio y sabe que informar de cierta manera atraerá más atención, y la atención se traduce en más beneficios.

¿Por qué atraen más atención? Bueno, como mencioné antes, hace miles de años prestábamos atención a las malas noticias porque significaban supervivencia. Si no prestabas atención a las malas noticias, era probable que murieras.

Así que sí, reitero que hoy las malas noticias, voluntaria o involuntariamente, son una herramienta que permite generar estrés y beneficios. Y ahora podrías preguntar, “Pero, ¿realmente eran buenas noticias las malas noticias hace milenios?”

Porque esas malas noticias proporcionaban información crucial para tomar decisiones en situaciones de riesgo, como la presencia de un león hambriento merodeando cerca del asentamiento o la amenaza de una tribu vecina que venía a atacar la aldea. En un contexto de supervivencia, las malas noticias se consideran buenas noticias, mientras que las buenas noticias no tienen importancia y se vuelven irrelevantes.

Actualmente, vivimos en un estado de lujo donde ya no es necesario enfrentar amenazas constantes para nuestra supervivencia. Sin embargo, a pesar de esta realidad, nuestra fisiología está predispuesta a la supervivencia, generando estrés y malestar ante las malas noticias.

La paradoja radica en que, como las malas noticias generan beneficios, se difunden ampliamente y de manera diaria, provocando un aumento en la atención pública. Esta atención se ve impulsada por niveles de cortisol y picos de dopamina, entre otras cosas, despertando al monstruo de la adicción. Y este monstruo terminará amando las malas noticias para luego sumergirnos en un estado de estrés, que embota nuestra capacidad de análisis crítico.

Es fundamental también considerar que un exceso de estrés puede desencadenar depresión. Este estrés excesivo, causado por la exposición constante a las malas noticias, puede manifestarse en forma de ira, frustración y agresión contenida. Una manera rápida y económica de drenar esta ira y frustración es a través del ejercicio físico o la escritura, por ejemplo. La falta de una vía adecuada de expresión puede conducir a la depresión.

Creo que es interesante ser consciente de A) por qué las malas noticias nos estresan tanto y B) por qué todos los días es un diluvio de malas noticias.

En resumen, las malas noticias solían ser buenas noticias. Y las malas noticias nos estresan porque en el pasado eran muy útiles para mantenerse con vida, y era importante que la mente y el cuerpo estuvieran en estado de alerta máxima.

Nos llueven encima porque, a través de las malas noticias, los medios de comunicación y las redes sociales pueden mover dinero de un lado a otro. Hay intereses lucrativos detrás del flujo diario de noticias que muestran sufrimiento. Sufrimiento humano, claro, porque aquí los animales no humanos sufren tanto o incluso más.

Sí, se me acaba de ocurrir una palabra mejor para describir las noticias de hoy. Las malas noticias que nos llegan a diario son noticias inflamatorias.

En conclusión, esta reflexión resalta la importancia de cuidar la salud mental y física.

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